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Marichu cocina para mí

En la empresa donde trabaja Iván se han tomado en serio la conciliación de la vida laboral y personal y han optado por la jornada continua con flexibilidad en la hora de entrada y en la de salida.

Llevan ya unos años así, y al principio, en la hora de la comida Iván se bajaba con algunos compañeros a un pequeño restaurante cerca de su lugar de trabajo, donde servían un menú diario a buen precio. Sin embargo, al poco tiempo descartó esta opción porque las tardes se volvían insoportables, con una digestión difícil. Mucho frito, alimentos procesados y una carga de sal excesiva, porque solo de esta forma el restaurante conseguía sabor y precio.

Así que Iván decidió optar por algo más saludable, ligero y controlado. Y comenzó a cocinar por las noches para asegurarse al menos un tupper cada día laborable: macarrones, arroz, hamburguesa… Estaba bien porque ahorraba tiempo en el almuerzo y eso implicaba o que podría salir más temprano o que podía aprovechar un rato más para descansar antes de afrontar el tramo de la tarde.

Pero tampoco era una solución enteramente satisfactoria, porque en realidad lo que menos le apetecía al llegar cada tarde a casa es ponerse a cocinar y aún menos ponerse a pensar qué cocinar esta vez. Estar con la pareja, con la familia, leer, ver la tele, ir al gimnasio, de vez en cuando un cine… Todo eso estaba por encima de querer guisar.

Iván recordó el ritual diario de una compañera de trabajo a la hora de la comida. Sacaba un frasco de vidrio de la cajonera inferior de su mesa (¡de la cajonera!), calentaba el contenido en el microondas del office e inundaba la sala con el sonido del tenedor o cuchara metálicos golpeando suavemente el vidrio mientras el contenido desaparecía con sonoros mmm de fondo.

Siempre observó con curiosidad esa liturgia pero nunca preguntó, hasta que un miércoles, decidido ya a librarse de cocinar por las noches, inquirió a su compañera sobre el origen de sus frascos. “A mí todos los días me hace la comida Marichu”, le contestó.

Le respondió, sí, pero no le explicó más. Pensó que Marichu sería su madre, o la cocinera de la familia. Pero al día siguiente, encima del soporte sobre el que se asentaba su monitor, apareció una tarjeta adhesiva con una dirección web: mimarmita.net. Y firmaba su compañera con una sonrisa.

De modo que, terminado su tupper casero de pollo empanado, tecleó la dirección en su ordenador. Podríamos decir que su vida cambió para siempre, pero sería exagerado. Lo que cambió realmente fue su forma de alimentarse.

Ahora Iván hace pedidos semanales a mimarmita.net y compite en música de metal contra vidrio con su compañera. A veces sincronizan sus mmm. Y a veces se intercambian los frascos cocinados por Marichu.

Iván logró entonces la cuadratura del círculo. Sustituyó la fritanga por comida saludable. Siguió optando por comida casera pero se escabulló de hacerla y pensarla. Y pudo ahorrar tiempo en el almuerzo porque apenas tenía que calentar un par de minutos su manjar diario. Ahora, cuando alguien le pregunta, se limita a decir: “Es que Marichu cocina para mí todos los días”.
 

 

 


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