¿Quién no recuerda la cocina de la abuela, el fogón siempre encendido, la perola que hervía lentamente, el calor del fuego llenando la estancia? Aquel aroma inconfundible que se colaba en cada rincón de la casa y parecía envolvernos, como si el tiempo se detuviera. El olor a especias, a guiso recién hecho, a pan caliente. Las manos de la abuela, firmes pero llenas de ternura, moviendo la cuchara de madera, vigilando que nada faltara. Cada plato era una obra de amor, un pedacito de su historia, y ese olor… ese olor es el que aún hoy nos hace sentir en casa, aunque ya no estemos allí…



