Cuando la Semana Santa se acerca, en los hogares de medio mundo comienza a emerger el perfume dulce de la tradición. Entre pasos solemnes, cirios encendidos y silencios recogidos, hay un aroma que se cuela en las cocinas: el de las torrijas de Pascua. Más que un postre, son una evocación de la infancia, de abuelas vigilando el fuego, de pan del día anterior que se transforma en un manjar dorado, y de una espiritualidad que se saborea.



